He visto al guerrero, al otro lado de la calle.

Lleva los pies descalzos.

Con sus piernas estiradas y las manos apoyadas al cordón de la vereda
recibe el sol.

Tiene el guerrero un trono de cemento, y una mirada de animal herido.

En nadie confía.

He visto al guerrero, su piel es negra.

No hay palabras.

Esta encerrado en su silencio, completamente encerrado en los gritos de mi ciudad.

Niño eres aún, aunque te pasees con tu cerveza.

Guerrero de otro tiempo, estás aún en edad de jugar.

Mi duende vio al guerrero violento patear los edificios públicos, arañar el cielo del centro de Europa, lo vio robando el pan.

Luego mi duende, se paso la tarde llorando.

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Así despierto:

Me zambullo en la zarza que hace bosques.

Me dejo caer, peso muerto, para que toda mi sangre sea viento también.

El camino hacia el pueblo es una flor amarilla.

La voz del río es otra piedra azul en mi camino.

Y el mar esta ahí.

Aunque no pueda verlo.

Está:

En tus ojos que son baluarte de libertad.

Está:

En la arena que llevo en mis zapatos.

Y está en la tormenta que se anuncia desde el sur.

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Esta vez la luna es inmensa.
Brilla, por eso me enamoro cada vez mas.

Las nubes pasan, por un cielo.
Viajan como un tropel de animales,
animales de otro tiempo.
Transitan lentamente y en silencio,
y son el cielo.

Esta luna no me deja olvidar ni tu cuerpo, ni el mío.
Por eso me enamoro cada vez más,
de una sombra elegida al azar,
de tus manos brillando en otro lugar,
de la luna.

Tras los montes, detrás del mar,
hoy, ayer y tal vez mil años después, habrá calor bajo este cielo,
existirá la vida.

Y las nubes nos recordaran un viaje,
y al verlas pasar nos darán una lección de paciencia.

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El sueño de Horacio

Pase derecho al lavatorio y bebí del grifo con sed, al parecer todo había sido un sueño. A falta de una toalla, buscaba entre la ropa sucia algo con que secarme. Hurgué hasta el fondo y rescaté una blusa, que aún guardaba su perfume.
Evocación: mil faroles a punto de encender, tú sabes, naranjas y resplandecientes. Una tarde de otoño cualquiera: la misma brisa, los mismos vapores, la misma ciudad.
-Las casualidades sí que existen-, me dije. Leer el resto de esta entrada »

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