MiE-Edo

vaca 

Me dicen ahora los libros de auto ayuda (los un poquito más profesionalizados) que el miedo no es malo, todo lo contrario es fundamental un poquito de miedo para poder sobrevivir en este mundo cruel.

Hasta el más pelotudo de los miedos  es inmanente a la naturaleza del hombre. Por ejemplo ese recurrente sueño en el que caemos, sin saber de dónde, esa sensación de vértigo que mucha veces culmina con la caída de la cama al piso, tienen origen en el justificadísimo miedo de nuestros antepasados (los casi monos) que dormían en los árboles buscando refugio. Por aquellos tiempos caerse de la cama, además del golpe, bien podría implicar convertirse automáticamente en la cena de algún tigre.

De ahí también nuestro miedo a que nos coman. El miedo a ser devorados nos motivó a encender la hoguera y eventualmente a profesionalizarnos en el arte de la cacería para tener algo que tirar a las brasas. Es increíble lo mucho que hemos evolucionado en esto último, puesto que no debe existir ningún animal en todo el planeta que no tiemble ante la presencia del hombre.

No obstante ese miedo enraizado en alguna parte de nuestro cerebro nos mantiene alerta a la inminente aparición de un tiburón blanco, un cocodrilo, un león o cualquiera de estos bichos de mierda que a pesar de todas nuestras nuevas tecnologías y de todo el miedo que somos capaces de infringir, nos siguen comiendo.

La costeleta.

En su continuo relojeo, el faro repasaba las orillas. “Son las sombras, las mismas sombras generadas por las pequeñas olas”, pensé. No descarté que la excesiva nitidez de esas sombras, que emergían y se sumergían de nuevo a pocos metros de la orilla fuera también, y en parte, efecto del chocolate.

El Faro se encuentra sobre la isla Paloma. Una no-isla, que está conectada por un puente de piedra de unos cien metros volviéndola una península. Nadie tiene acceso a ese lugar. La isla de la paloma es un enorme casco de piedras donde funciona una improvisada cárcel para los marroquíes que intentan cruzar a nado hasta la orilla española.

Además de lo aberrante de la medida,  que falta de poesía la de esta gente. Pues en caso de que alguien decidiera en plan cruzar de continente, sorteando las corrientes del Atlántico y el Mediterráneo, por cogones, no merece menos que una medalla de oro, papeles y una fiesta en su honor. En cambio se lo caza como a un negro (sobran las metáforas) y se lo encierra en la pequeña Guantánamo.

En lo oscuro de la noche, ni la isla se ve. Solo el foco que repasa intermitente la orilla y el mar.

Puede que haya sido mi sensación, pero comencé a sentir que las olas iban creciendo, y que cada vez rompían con más fuerza, y cada vez más cerca de mis pies, que se hundían cada vez más en la arena mojada. Es cierto que la marea sube por la noche, pero nunca tan rápido. Por eso mis dudas.

 Hasta que una ola me rompió encima, como a la altura de mis rodillas y me hizo retroceder. Cuando giré para ver mi casa y el pueblo, otra me cayó a la altura de la cintura.

 -”¿Era yo el que se había adelantado?”-

 Por un momento me olvidé de esas sombras que jugaban cada vez más cerca, cada vez más nítidas. Pero al volver la mirada, la luz del faro me dio de lleno en los ojos, llenándome de luces violetas y destellos, y entre un cielo de infinidad de formas y las luces de Marruecos que a lo lejos marcaran mi horizonte, pude divisar una enorme aleta que surcaba la superficie del mar.

Caí en la cuenta: estaba con medio cuerpo adentro del agua y al darme la vuelta para volver a la orilla, la resaca de una pequeñísima ola me dio la sensación de estar retrocediendo mar adentro donde se encontraba esa aleta examinándome.

Decidí (se podría decir) no volver atrás con la mirada y correr los cien metros llanos hasta mi casa, subir la puta pasarelita que jamás debí bajar y meterme adentro. Por alguna razón, no pude pedir auxilio. Un sollozo me anudaba la garganta. Así que solo me quedaba salir del agua en tiempo record y correr.

Los tres primeros pasos fueron al aire o al agua. Pude sentir como mi centro de gravedad se fugaba hacia mis testículos, que viajaban diminutos a la boca de mi estómago.

-”¿Y la isla a dónde estaba? ¿Mi casa, dónde estaba?”-

 Ahora la luz del faro era una distracción que no me podía permitir puesto que estaba “corriendo”  por mi vida. O al menos eso intentaba, porque la marea seguía avanzando.

Efectivamente, nada había avanzado y una enorme ola que dio contra mi espalda vino a corroborar una realidad ineludible: debía nadar. Renunciar al torpe paso del bípedo e incauto ex argentino, y nadar a la par de la bestia.

No fui yo quien decidió girar de espalda a la orilla, fue el mar y dándome un respiro (luego de un par de volteretas que paralizaron mi corazón,) me depositó como en una especie de banco de arena desde el cual pude ver que las aletas me rondaban. Se habían multiplicado.

Donde yo estaba era poco profundo y sus enormes cuerpos no podían acercarse más porque encallarían a mis pies. El cardume siguió girando cada vez más cerca. Yo solo podía ver sus aletas. Negras, grises, plateadas.

El Faro pasaba una y otra vez, pero yo había perdido el norte y ya ni sabía para donde nadar. De pronto las aletas se alinearon, como pequeños submarinos. Todas me apuntaban. Estuvieron así unos diez segundos flotando en frente mío, y se sumergieron, todas al mismo tiempo.

Ahí sí, la garganta se desanudó en un grito mezclado con llanto que subió por el esófago como un vómito de fiebre.

Ese grito me venía del culo, de mis pies que sudaban gotas heladas debajo del agua, y yo lo podía sentir, como si la sangre me brotara entre los dedos.

Decidí nadar, a brazo partido, no me quedaría a esperar el primer mordiscón, pero por más que intentara permanecer a flote, mi cuerpo se hundía peso muerto y era arrastrado.

 -”Soy el alimento de alguien más, soy un pedacito de carne flotando en un ecosistema que me necesita para poder existir”-

 Ahora siento cómo la arena se vuelve más pesada, cómo todas las cosas se hunden y desaparecen: las sombrillas, la isla, África y el firmamento se hunden en la arena en completo silencio, y yo también. Me hundo. Primero los pies, después mis rodillas, y así todo mi cuerpo y por último la parte de mis ojos que no podes olvidar (el guiño). Desaparezco del mundo. No hay mundo. Somos el mundo.

 -”Pude ver la ola más grande y el faro en su continuo relojeo, frenar de repente y alumbrar mis manos…”-

 helado

1836

“Dentro de varios miles de millones de años, habrá un último día perfecto.

Luego durante una periodo de millones de años, el Sol se hinchara.

La tierra se calentará y el borde del mar retrocederá.

Los océanos se evaporaran rápidamente y la atmosfera escapará al espacio.

A medida que el sol evolucione para convertirse en una gigante roja, la Tierra se convertirá  en un lugar seco y estéril y sin aire.

Al final el sol casi llenará el cielo y quizás se trague la tierra”.

 

Protegernos, los unos a los otros. Caminar en fila. Jamás romper la fila.

Que sean los más fuerte quienes quiebren el viento.

Y tú que estás herido, espera,  porque  ya te llegará tu turno.

 Uniformados. Sobredimensionados. Institucionalizados. Desesperanzados.

Lo importante acá es saber, a ciencia exacta, cuánta culpa tiene el Ogro.

Él nos creo. Ahora, ¿Es él quien nos alimenta?

¿Tanta hambre tenemos? ¿Ese es el precio, por sentir amor?

 

En un principio reinaron los dinosaurios.

Luego, un meteorito cayó. Una enorme roca caliza golpeó la tierra y la apagó.

El frío y la oscuridad sembraron la enfermedad entre los amos del planeta.

Y nosotros, que hasta ese momento nos escondíamos para poder sobrevivir, tuvimos la oportunidad de ocupar ese vacío.

Cargamos con una única maldición: la de ingresar un mínimo de calorías diarias, para poder alimentar la fluctuante materia de la que estábamos compuestos.

Quienes nos precedieron, no necesitaban comer tanto, (por eso de su sangre fría), aunque el frió no existe, es y será por siempre, la ausencia del calor, y él calor es un elemento.

Como la sangre.

Ese es el precio por sentir el arte. Y el arte es cagarse de frío. 

El hombre le pidió al mago que tratara de volver bellas, a todas las cosas.

Al utensilio más rudimentario, a la roca, a la tierra, al fuego y a la carne.

Nos pintamos para salir a cazar, y cocinamos nuestro alimento.

 ¿Tanta hambre tenemos? ¿Ese es el precio por sentir amor?

 Arte: Método, conjunto de reglas para hacer bien una cosa.

Y él hombre hizo la guerra.

 Y él arte sirvió al hombre.

Muchas veces el arte fue funcional a los intereses del hombre.

Él arte de cocinar una costeleta.

Olvidarnos, que esta forma parte de una sola maldición.

 Ese, es el precio por sentir el arte, y el arte, es cagarse de frío.

Que no es lo mismo que helarte.

Aunque muchas veces se siente parecido.

.

Pero el frió no existe.

Entonces el arte es la ausencia del calor.

Un hielo.

 Y él arte sirvió al hombre.

 Muchas veces el arte, fue funcional a los intereses del hombre.

El arte de amar.

Él arte de cocinar una costeleta del tamaño de Etiopía.

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